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Hace unos días, mientras esperaba que mi hijo menor saliera de una clase de japonés, entré un momento a Twitter con el teléfono y se dieron un par de esas casualidades pavas pero que en el momento te sorprenden mucho: un minuto después de que reflexionara que la mitad de esos alumnos se debían a las animaciones e historietas que consumían, dos tuiteros me recomendaron manga para leer y otro mencionó a una banda indie que yo estaba escuchando en ese mismo momento. Esas dos coincidencias me llamaron la atención más que nada porque nunca leo cómic de ningún tipo y casi nunca escucho ese tipo de música.
Como tantas otras veces, me quedé pensando en lo frecuentes que me resultan estas experiencias, especialmente cuando tienen que ver con ítems culturales. Cada loco tiene su propia teoría sobre las casualidades porque la explicación estadística usual (si pasan muchas cosas tienen que ocurrir algunos pares de cosas muy parecidas) como abogada del bando racional es flojísima.
Esta vez creo haber agregado algo ínfimo pero importante a estos pensamientos dispersos: las casualidades son más probables de lo que uno creería porque no solamente ocurren muchas cosas en el mundo exterior sino también dentro de tu cabeza, la maquinaria sutil y un poco artista que es la que descubre estos eventos raros.
Las coincidencias son mucho más personales e interpretativas que fácticas y universales. Una constelación nos parece un escorpión no solamente porque hay muchas luces brillantes en el cielo que hacen probable alguna figura fortuita reconocible. Esas estrellas forman un escorpión porque vistas desde este planeta y en esta era se acercan a la forma que tiene un escorpión para un ser humano. Un habitante de otro planeta no podría encontrar este parecido, especialmente si no tiene la menor idea de lo que es un escorpión.
Una persona apuesta al número 27 y se sorprende de que el número ganador sea el 28, y poco después el 26. Para una cabeza más fría, por ejemplo un matemático cínico que no arriesgó dinero en esa apuesta, en el juego se utilizaron números como podrían haberse utilizado letras o pokemones, y el hecho de que sean consecutivos no significa nada. La apuesta “26” está tan cerca de la “27” como de cualquier otra.
Una coincidencia espectacular es como la alineación improbable de varios planetas, sólo que algunos están afuera y otros adentro de tu cabeza. La ley de los grandes números hará lo suyo si hay muchos planetas afuera, pero ayudará que tu repertorio de símbolos y referencias culturales disponga de cierta abundancia, y que haya un astrónomo despierto mirando el doble cielo.

Pequeños misterios

Me gusta encontrar un pequeño misterio en cualquier parte, y entretenerme pensando explicaciones que eviten el facilismo. Es un hábito mental que aprecio: en mí porque me divierte, en otras personas más talentosas que yo, porque es fuente de aportes originales a la ciencia, el arte, y la filosofía. El punto de partida de las especulaciones puede ser cualquier cosa, algo pequeño o cotidiano es especialmente interesante. Lo que importa no es la trascendencia del tema en cuestión, sino la actitud con la que planteamos las posibles explicaciones. Es esencial es no precipitar las conclusiones, no conformarse con hipótesis solamente porque sean originales o rimen con nuestros prejuicios, estados de ánimo, o teorías conspiratorias. Los interrogantes de este tipo que resisten varios días o semanas de reflexiones sin ofrecer una explicación convincente son los más promisorios. Atarearse voluntariamente con estos acertijos no es del gusto de todo el mundo. Es para quienes aprenden a disfrutar de cierta ignorancia inquieta, creativa y exigente, no para los que desesperan por respuestas.

Avatar

Voy a dar algunos ejemplos de estas preguntas que se me ocurren como pasatiempo, para que no suene tan abstracto (y para reducir expectativas sobre los temas en que pienso y la forma en que lo hago, no vayan a creer que soy fascinante): ¿Por qué la gente suele imaginar a los extraterrestres como antropomórficos? ¿Cómo hace un mago el truco de atravesar un espejo? ¿Por qué se opone el papa al uso de preservativos? En realidad también he pensado cosas más y menos profundas que ésas tres, pero no las menciono porque serán tema de otro post o porque son muy personales. La que sí es tema de este post es la del primer ejemplo: por qué diablos la ciencia ficción, y la imaginación popular tienen esa fuerte tendencia a concebir extraterrestres parecidos a nosotros, siendo que encontrar otra especie inteligente de aproximadamente nuestro aspecto, tamaño, forma, cantidad de extremidades, ojos, etc. sería una coincidencia increíble. Conozco muchas explicaciones que leí o que se me ocurren sin esfuerzo:

  • Si los extraterrestres son parecidos a los humanos, los productores ahorran dinero en maquillaje.
  • Se puede trasladar sentimientos y otros elementos narrativos casi indispensables a los ET solamente si son parecidos a los humanos y no a charcos de gelatina vivientes, por ejemplo.
  • Los autores se concentran más en la acción, los conflictos, etc, que en la biología de los ET, de manera que éstos quedan con la apariencia “por defecto” humana. No todos privilegian la credibilidad ni buscan la fascinación de lo extraño.
  • Los autores son demasiado limitados o perezosos como para imaginar seres más diversos.

Si bien algunas de esas respuestas tienen su punto, no sirven para explicar todos los libros y películas de extraterrestres exageradamente humanoides. No dan cuenta de todos los casos, hay contraejemplos para refutar a cada una. Relatar las emociones de un bicho de otro planeta es una complicación para un cineasta, no para un escritor, por ejemplo.

Hay además un dato puntual que me ha intrigado durante mucho tiempo: la serie Star Trek escandalizó al público cuando se estrenó, solamente porque un personaje nacido en otro planeta tenía orejas puntiagudas, una variación mínima sobre la anatomía humana. Esto nos sugiere que no se trata de conveniencias o limitaciones de los artistas, sino de algo cultural, algo que se resiste a pensar en seres inteligentes demasiado distintos del hombre.

Aunque han pasado algunas décadas desde ese episodio, y hoy no tendría lugar una reacción tan violenta ( de hecho hay más extraterrestres no-humanoides que antes en la ciencia ficción), la pregunta sigue vigente. Tengamos en cuenta que Avatar, la exitosa película de Cameron de 2009, muestra un planeta llamado Pandora cuyos habitantes difieren de los aborígenes norteamericanos en poco más que el color y el tamaño.

Para no extenderme más, avanzo directamente hacia la respuesta que encontré. Les ahorro todas las reflexiones intermedias, que para mí fueron más interesantes que la conclusión, pero que llenarían páginas que yo no tengo ganas de escribir ni ustedes de leer.

La clave está en que subsiste en nuestra cultura un ideal de hombre, una especie de arquetipo platónico, al cual se tienen que parecer (siempre según esta inconsciente noción colectiva) las especies inteligentes que valgan la pena, sin importar el planeta en que surjan. Y ése es, en mi opinión, un error frecuente y gravísimo del que tenemos que aprender a cuidarnos, sobre todo cuando haya en juego cuestiones más importantes que una película o un libro.

Hay desvaríos históricos que cuentan a este error como una de las más importantes de sus fundamentaciones. Puede empezar de manera inocente y bienintencionada. Dentro un grupo inicial de humanos (cierto aislamiento es conveniente) abstraemos características deseables a partir de personas reales. Fabricamos un arquetipo, o un dios. Para hacerlo completo y creíble, a las cualidades más importantes le agregamos otras secundarias, quizás aportes de unos pocos del grupo, valen incluso detalles inicialmente decorativos sugeridos por un único individuo creativo. Después empezamos a ver como defectos a los apartamientos respecto de este ideal. Al tiempo estamos viendo cómo corregir en los individuos estas diferencias, que de a poco vamos considerando enfermedades. Con el paso del tiempo, apartarse de características secundarias es casi tan importante como diferir de los rasgos centrales. Luego sigue la pérdida de tolerancia no con el imperfecto, sino con el que cuestiona la idea de perfección del grupo. Cuando la construcción colectiva abstracta ya está fortalecida, podemos ver como algo deforme a cualquier individuo suficientemente alejado del ideal. Y ahí se puede discriminar, y criticar sin más fundamentos que esa diferencia respecto del ideal. No diremos que robar es malo porque perjudica al prójimo y a la confianza entre las personas, será suficiente decir que la persona ideal no roba. Lo peor es que luego aplicaremos este mecanismo no ya para cuestiones éticas y socialmente necesarias, sino que si pensamos que el humano ideal es un hombre blanco delgado y heterosexual de alrededor de 30 años, entonces ser una anciana morocha, gorda y lesbiana será algo “tolerado” en el mejor de los casos, no una posibilidad entre tantas de ser un humano tan representativo y valioso como cualquier otro.

Anoche vi en televisión a un conocido periodista con inclinaciones (aunque no aptitudes) filosóficas. Resumía su posición respecto de la ley que habilita el matrimonio entre personas del mismo sexo. Decía comprender que hubiera distintas opiniones, pero que lo que lo único que él exigía era su derecho a concebir un “ideal” de familia y de pareja. Al decir “ideal” elevaba y entrecerraba los ojos, como en una ensoñación, y hacía un ademán con las dos manos como si acariciara una nube. Decía que todos podían después acercarse más o menos, dentro de la humana imperfección, a ese ideal, pero daba a entender que el ideal mismo (y su derecho a acariciarlo, a acariciar esa nube) eran sagrados. Ese era su argumento para oponerse al casamiento entre lesbianas. Esa es su manera habitual de caer en la trampa nefasta de su preferencia: creer en arquetipos más importantes y más reales que la gente de carne y hueso.

Sospecho fuertemente que todo esto que ensayo con torpeza se ha dicho, antes y mejor, por alguien más diestro y profundo. No me importa tanto, espero que mi manera de decirlo sea un aporte original. Al menos eso supuse cuando sentí que entendía porqué las orejas de Spock indignaban a los primeros trekkies.

Ya no respeto argumentos basados exclusivamente en el concepto de estado ideal, familia ideal, esposa ideal, educación ideal. Exijo, a diferencia del periodista televisivo, que la gente que opina de manera distinta (o aún opuesta) a lo que pienso, me presente otras fundamentaciones. En ésas discusiones confío.

Muchos diarios argentinos me tienen bastante harto, y el cuadro de situación periodístico actual es sinceramente deprimente. La calidad era muy mala ya desde hace mucho: los errores de redacción y de ortografía incluso en los titulares eran lo más evidente, aunque no lo más grave. Pero ahora que hay una guerra empezada, cuyos principales protagonistas son el gobierno y dos grupos gigantescos de multimedios, diariamente hay miles de motivos para la indignación y la vergüenza ajena. Para sobrellevar estas tristezas, ya se sabe, lo mejor que existe es la combinación activa de sentido crítico con visión humorística. Hay montañas de libros y blogs para ilustrar esto, pronto voy a recomendar algunos. Mi aporte un poco relacionado con todo esto es una estupidez geek, pero que probablemente pueda hacerle gracia a alguien más.

Me divierte especialmente el actual abuso del sufijo “K” para designar como oficialista a cualquier cosa: vemos hablar de senadores K, ley de medios K y blogueros K, entre otras cosas. Mucha gente de mi generación me entenderá enseguida cuando diga que eso me recuerda al uso del prefijo “bati” en la serie de los 60′  en que Adam West encarnaba a un Batman muchas veces desopilante. Lo cansador pero curioso es que esa reiteración maniática, que era deliberadamente graciosa en un programa infantil y humorístico, sea cotidianamente tolerada en un medio “serio”.  Para hacer evidente este punto, empecé a leer los titulares sustituyendo el sufijo “K” por el prefijo “bati”, con lo cual los diarios embestían contra batiblogueros y batimanifestantes; parecían directamente redactados por algún nuevo villano, quizás uno de mameluco rojo y con una corneta en la mano.

Jugando con herramientas para manipular y filtrar RSS, bajo la excusa innecesaria de que debo conocerlas para mi trabajo, armé algo que efectúa automáticamente la sustitución, y lo dejé como una fuente más de noticias en mi pantalla de iGoogle.

Esta mañana me tomó desprevenido leer el titular: Los batialiados no quieren que Néstor los deje afuera. Y me reí con ganas, no me importa para nada que pueda parecer patético que un geek se divierta con un batichiste automático.

Dejo activa la dirección del feed por unos días. Si usa Google Chrome probablemente convenga este otro enlace. Durante un tiempo podrá seguir a través de él algunos batieventos en Ciudad Goti K. Pero aviso que después, cuando ni a mí me divierta, lo deshabilito. Soy muy cobarde y no quiero que me visiten cuatro payasos vestidos de rojo, sin que Batman me pueda defender. Este villano Corneta Roja es muy poderoso, domina por ejemplo el mercado argentino de conexiones a Internet (junto con las telefónicas, por si alguien no lo sabe), y cuando quiera revisará lo que hago y dejo de hacer en la web. Muy probablemente, también investigue tus pasos.

Buenas

Bien, arrancar un blog en el 2010 suena como iniciarse en filatelia décadas después de la masificación del email, y la extinción de las estampillas como objetos cotidianos. Sí, bastante interesante, y con un aire de élite de retaguardia, de ese snobismo que consiste en rechazar exageradamente el snobismo.

Este post es para aclarar desde el principio la principal razón de mi anonimato en éste y otros lugares de participación. No hay un pasado oscuro, ni intenciones de coqueteos clandestinos, ni la idea de atacar sin rostro ni nombre a otros personajes via web.  Trabajo en un lugar a veces rozado por temas políticos. No uso mi nombre verdadero por que mi empresa así lo prefiere. No me lo dijo explícitamente, pero tengo suficientes años ahí como para saber que si bien no me van a censurar, quieren evitarse que alguien me cite alguna opinión personalísima diciendo “fulano, que trabaja en XXX, dijo que…”.

No me cuesta mucho no poner nombre y apellido. Ninguna gloria, ni siquiera ínfima, me voy a perder por algún mérito en estas páginas.  Pero estén bien seguros de que no hay malas intenciones, y disculpen si ofendo a alguien.

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